El caso de Lindsay Clancy resulta profundamente estremecedor: no solamente por la muerte de tres niños, sino también por el fenómeno social de apoyo a la mujer que los asesinó brutalmente. La anulación del juicio, tras la negativa de un solo hombre de absolverla, deja en claro que Occidente no tiene un mínimo sostén moral. La civilización está en total declive.
Lindsay Clancy está acusada de haber estrangulado a sus tres hijos: Cora, de 5 años; Dawson, de 3; y Callan, de apenas 8 meses. De acuerdo con la acusación, colocó unas bandas elásticas para hacer ejercicio alrededor de sus cuellos para asfixiarlos y así matarlos, para después intentar quitarse la vida. Estos hechos ocurrieron el 24 de enero de 2023, en su hogar en Duxbury, Massachusetts, mientras su esposo había salido a hacer unas compras. A su regreso, encontró a dos de sus hijos muertos. Callan todavía tenía pulso, pero el daño provocado por la falta de oxígeno fue irreversible; murió tres días después.
La defensa de Lindsay Clancy sostiene que padecía psicosis posparto en ese momento y que esa condición debe resultar determinante para establecer su nula responsabilidad penal. Sin embargo, existen una serie de periciales, como las de Kirk Heilbrun, Gregory Saathoff y Avram Mack, en psicología forense y psiquiatría forense, que son contundentes. Y, en el caso de Heilbrun, no estamos hablando de cualquier psicólogo. Kirk Heilbrun es uno de los investigadores más prominentes en el campo de la psicología forense, ampliamente reconocido por sus contribuciones a la evaluación forense de la salud mental, la evaluación y comunicación del riesgo, la toma de decisiones legales y la investigación en la intersección entre el derecho y la psicología.
Un crimen premeditado, no un episodio de psicosis
Las conclusiones periciales sostienen que, pese a la enfermedad mental que Lindsay Clancy padecía, conservaba perfectamente la capacidad de comprender sus conductas y la incorrección de las mismas. A nivel pericial, se comprueba que los actos que realizó fueron premeditados. Y, en ese sentido, hay varios hechos que dejan claro que los asesinatos fueron realizados de manera consciente:
Uno de esos hechos son las maniobras que realizó para quedarse sola con los niños. Investigó sobre el restaurante ThreeV y, obviamente, calculó el recorrido de su casa a ese lugar. Se sabe que estuvo revisando la cronología digital del teléfono de Patrick, lo que constituye evidencia mucho más sólida que una reconstrucción de hechos realizada con testigos. Luego está la ejecución sucesiva de los tres estrangulamientos. Es decir, no se trata de una acción impulsiva e instantánea, sino de tres actos sucesivos y planificados meticulosamente.
En ese sentido, hay que entender que Lindsay Clancy, para realizar todo lo anterior, hizo búsquedas, utilizó Maps, realizó llamadas, habló con farmacias, intercambió mensajes, organizó el pedido de alimentos, etcétera. Todo para encaminar a Patrick hacia el restaurante ThreeV, que no era un lugar donde pidieran comida de manera recurrente, y así tener tiempo para perpetrar este multihomicidio e intentar quitarse la vida.
Y, por supuesto, están las conclusiones que, además de las que ya hablamos en términos psicológicos, establecen con claridad que los relatos de la supuesta voz que le habló y le ordenó matar a sus hijos sencillamente no coinciden con la sintomatología de una psicosis posparto, según la ciencia psiquiátrica. Es decir, la narrativa que creó no es congruente con la sintomatología de su padecimiento. Punto.
De la sala de audiencias al fenómeno global
Sin embargo, el fenómeno en torno a Lindsay Clancy no se limita a una controversia pericial dentro de un tribunal, sino a un debate global entre quienes la justifican y quienes la condenan.
Y es que, primero surgieron muestras de solidaridad en su propia comunidad; después, el movimiento se extendió por los EEUU y finalmente alcanzó una dimensión global, con el apoyo de la prensa hegemónica woke y sus mecanismos de difusión. Lo que ha generado que cientos de miles de mujeres hayan expresado públicamente su identificación con Clancy, logrando que su caso haya generado durante semanas una enorme conversación en redes sociales y en los medios de comunicación del mundo entero.
Fue así que los sectores feministas y diversos colectivos supuestamente vinculados a temas de salud mental materna, comenzaron a presentar su caso como un símbolo de las "mujeres abandonadas por el sistema de salud durante el periodo posparto", generando una enorme presión y especulación en torno al veredicto. Esto dejó al jurado entre la espada y la pared, pues el mundo parecía quererla eximir de su responsabilidad en este brutal y certero crimen.
Fue hasta hoy, después de varios días y decenas de horas de deliberación, que se declaró nulo el juicio vs Lindsay Clancy. Nueve jurados feministas y dos hombres cobardes querían absolverla de los tres cargos de infanticidio, tras la presión que ejercieron los colectivos feministas, la prensa hegemónica y la progresía global. Por fortuna, un hombre de convicciones firmes lo evitó. Lo correcto hubiera sido que fuera declarada culpable y sentenciada a la peor de las penas. Pues nadie, ni su propia defensa, pudo negar que ella cometió esos brutales crímenes. Pero que no pueda ser absuelta de estos crímenes ya es ganancia, en un mundo donde los valores se han invertido.
La inversión moral
Y es precisamente aquí donde considero que aparece una profunda inversión moral.
Una cosa es reconocer que la salud mental posparto constituye un problema real que debe prevenirse, diagnosticarse y atenderse adecuadamente. Y otra completamente distinta es permitir que la inadecuada atención de este tipo de padecimientos se convierta, en automático, en un mecanismo de exculpación moral y penal.
Parecen olvidar, en medio de toda la discusión en torno a Lindsay Clancy, que existen tres personitas que tienen cada día menos espacio en dichas discusiones y en nuestras oraciones: Cora, Dawson y Callan, los pequeños asesinados con enorme brutalidad; las verdaderas víctimas de este crimen demoniaco. La discusión pública ha dedicado enormes esfuerzos para justificar a Lindsay Clancy y en intentar deducir qué sentía, qué padecimientos tenía, qué medicamentos consumía, qué atención recibió, qué atención no recibió y hasta qué punto el sistema de salud pudo "haberle fallado". Miles y miles de mujeres en el mundo han buscado culpar (o de menos hacerlo compartir la culpa) a un hombre que, independiente a muchas torpezas en el manejo de su relación, sufrió el shock de encontrarse con tan macabra escena. Han construido una narrativa encaminada a convertirla en víctima del sistema: el causalismo triunfando.
Es cierto que la salud mental puede llegar a explicar determinadas conductas y puede tener consecuencias jurídicas, como la atenuación justificada de una condena o la declaración de inimputabilidad de un acusado, cuando verdaderamente se acrediten los requisitos establecidos por la ley. Pero éste no es el caso, pues, como lo comenté con anterioridad, la planificación de este crimen y la capacidad de entender la licitud e/o ilicitud de sus actos, son elementos demostrados.
Más allá del tema jurídico, lo que me preocupa es que cuando la "empatía" se concentra exclusivamente en quien cometió el delito y comienza a transformar a la acusada en símbolo de una causa, mientras los niños asesinados se convierten en elementos casi ornamentales de la historia, algo está mal. Cuando esto pasa, es claro que estamos ante una profunda inversión moral.
La pregunta incómoda
Es por eso que vale la pena hacer una pregunta incómoda, pero necesaria:
¿Se habría desarrollado la misma capacidad de comprensión, contextualización y "empatía" si quien hubiera estrangulado durante varios minutos a Cora, Dawson y Callan hubiese sido su padre?
Después de esta pregunta obligada, agregaría otras secundarias:
¿Existirían movimientos de hombres identificándose públicamente con él a los que la prensa hegemónica y la opinión pública tomaran con seriedad? ¿Se hablaría de un sistema que "le falló" a un hombre? ¿Se buscarían explicaciones sociales para contextualizar sus actos antes de hablar de los tres niños asesinados? ¿Alguien buscaría compartirle la responsabilidad de estos crímenes atroces a la madre?
Seguramente no.
Y precisamente por ello resulta válido cuestionarnos, ¿hasta qué punto determinadas concepciones del feminismo han terminado convirtiendo el sexo de quien comete un delito en un elemento capaz de alterar nuestra valoración moral de los hechos?
No se trata de negar la psicosis posparto ni la existencia de enfermedades mentales. Mucho menos de sostener que una persona que verdaderamente haya perdido la capacidad de comprender sus actos deba recibir el mismo tratamiento jurídico que alguien plenamente consciente de ellos. Eso corresponde determinarlo a los especialistas y, finalmente, a un juez, a un tribunal o a un jurado, dependiendo el sistema penal de cada país. La discusión es otra.
La discusión comienza cuando una acusada de matar a sus tres hijos deja de ser únicamente una persona sometida a un proceso penal, cuya salud mental debe ser evaluada, y comienza a transformarse en el símbolo de una causa social.
Cuando la ideología sustituye a la justicia
Antes de convertir a Lindsay Clancy en el símbolo de cualquier causa política o social, habría que recordar a quienes realmente ya no pueden hablar ni defenderse: a los tres niños que murieron en manos de la persona que tenía la responsabilidad de protegerlos.
Cuando una ideología consigue que la conversación pública se concentre más en justificar a la victimaria que en recordar a quienes fueron asesinados, algo ha trastocado profundamente, y quizás de modo irreversible, nuestros valores.
Una mujer que asesina de modo tan brutal, premeditado y en pleno uso de sus facultades a sus hijos, no debería ser justificada. El hecho de que una sociedad busque hacerla víctima, ya sea del sistema de salud, de la desatención del esposo o de cualquier otra circunstancia, lo único que exhibe, lo único que prueba, es un deterioro moral muy severo de nuestra sociedad.
Los relativismos están carcomiendo a nuestra civilización y eso ha dejado a Occidente sin un mínimo sostén moral. La civilización está total y completamente en declive (en decadencia), y eso es lo que exhibe este caso. Eso es lo más terrible de toda la narrativa feminista impuesta por un sistema muy poderoso, que le ayuda a esparcir su ideología y minar nuestros valores primigenios. Un sistema que ha logrado imponer estas ideas y que ha logrado el adoctrinamiento de nuestra población, empezando por nuestras mujeres. Es la maquinaria de la hegemonía cultural a todo vapor logrando que las dadoras de vida justifiquen a una mujer que asesinó a sus hijos. Irónico.
En fin, en este caso es claro que vimos al feminismo operar en una de sus formas más devastadoras: como justificante de atrocidades… y lo peor, logrando que las atrocidades sean justificadas.
